Muchas veces, nos preguntan y preguntamos, “te gusta más el mar o la montaña”, “te gusta visitar ciudades o ir al campo”, y la pregunta es, ¿tengo que elegir?

Yo pasé vacaciones espectaculares, en la montaña y en el mar, en la ciudad y en el campo, así que mi respuesta es que no tengo que elegir, me gusta todo lugar que me produce alguna emoción.

Esa, que nos hace diferenciar una foto o un video de la realidad de haber estado en un lugar. Esa emoción que es difícil de contar, que nos produce algo interno que no sale en las fotos, que hace que un lugar nos guste o no, más allá de lo notable a simple vista, olores, sonidos, momentos o el estímulo de la imaginación.

Ese sentimiento, es el que me produjo viajar en “LaTrochita” o “Viejo expreso patagónico”, como también se lo conoce.

El viejo Expreso Patagónico en Ñorquinco

La idea de este relato no es contar la historia del trencito, para eso está el link, sino contarles mi experiencia en los, aproximadamente, 35 km que hay entre El Maitén, en la Provincia de Chubut, cerca de El Bolsón y Ñorquinco, en la Provincia de Río Negro.

La Trochita, carguero convertido en tren turístico y monumento histórico nacional, con una angosta trocha de 75 cm, (de ahí su nombre), hace este recorrido en unas tres horas, ida y vuelta, a la espeluznante velocidad máxima de 45 km/h. Cruza la estepa patagónica con locomotoras a vapor y vagones de madera de 1922, con estufas a leña como calefacción.

 

A “toda velocidad” por la Patagonia

En 1992, se intentó cerrar definitivamente, pero la oportuna intervención de los gobiernos de Río Negro y Chubut, logró impedirlo.

En El Maitén, hay un museo ferroviario, que nos pasea por toda la historia del tren y podemos ver restos de maquinaria, indumentaria de la época y los talleres centrales.

Otra opción, es recorrer el trayecto más conocido, que parte de Esquel, en Chubut y llega a la estación Nahuel Pan.

 

Esperando el tren en la estación El Maitén

Viajar en esos vagones, tocar esa antigua madera, me hizo viajar en el tiempo hasta aquellos años en que los viajeros tenían que bajar en las oscuras madrugadas de invierno, a palear la nieve que se depositaba en las vías y me llenó de nostalgia como si lo estuviera viviendo.

Los que en cada lugar, buscan como yo, algo más que lo obviamente perceptible, no se van a sentir defraudados con esta experiencia.

La belleza de la estepa patagónica y sus habitantes
 
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