Hace muchísimos años, cuando era un jovenzuelo alocado, no sé si por herencia, (ya que mi padre fue radiotelegrafista en la marina de posguerra), o en mi búsqueda de aventuras, (si era posible gratis y mejor aún si me pagaban), se me ocurrió postularme como tripulante en Costa Cruceros.

En Argentina, eran épocas de dólar muy alto, y el salario de un tripulante era bastante bueno, comparando con lo que se pagaba en el país, en pesos, por un empleo común.

Los viajes eran por tres meses, conocería el mundo y además me pagaban, era el trabajo ideal.

Duraron muy poco mis ilusiones, quizás es verdad que el destino está escrito, porque a partir de ese año, calculo 1984/85, la compañía contrataba directamente desde Italia, donde estaban sus oficinas centrales.
Así que en lugar de navegar, tuve que seguir remando :(

 

La imponente vista del Costa Classica

Comenté lo del destino, porque unos diez años después, en mi Luna de Miel, en lugar de viajar como tripulante, terminé viajando como pasajero, justamente en un Crucero Costa.

Supongo, que mi visión de las cosas habrá variado bastante en ese tiempo o realmente el trabajo que tanto me hubiera gustado conseguir, no era lo que imaginaba.

Por la información que conseguí en el barco, los tripulantes no la pasan tan bien, trabajan muchísimas horas y cuando llegan a los puertos, tiene muy poco tiempo para conocer nada, solo quieren descansar.

Además, como en general son viajes de una semana y repiten el mismo circuito toda la temporada, los destinos se repiten y lo que pueden conocer ya no les resulta tan atractivo.

 

La hermosa ciudad de San Juan de Puerto Rico

Para el pasajero, la historia es bastante distinta, todo está preparado para divertirse y pasarla bien.

Como conté en una entrada anterior, en esa época el valor del dólar nos favorecía y se encontraban argentinos de clase media por todos lados y en lugares que años antes, ni hubiéramos soñado conocer.

Nuestro barco, partía de San Juan de Puerto Rico y recorría Saint Thomas, Saint Martin, Martinica, Barbados, cruzaba el Mar Caribe para visitar una playa propia en la Isla Catalina, en República Dominicana y finalmente volvía a Puerto Rico.
Navegaba durante la noche, atracaba a la madrugada y volvía a partir al atardecer.

 

Nuestro recorrido. Inolvidable !

Nada más embarcar, se empezaba a sentir lo bien que la pasan los adinerados del planeta Tierra.
El equipaje se deja antes de subir y después lo llevan al camarote. Mientras se registran, les dan una tarjeta para comprar y para acreditarse como pasajero y listo, están en el primer mundo.

Muchos viajeros, desde el mediodía hasta la hora de partida, bajaban a recorrer la ciudad de San Juan, muy bonita y muy cuidada, sobre todo la parte colonial y los fuertes que protegían el puerto de los ataques enemigos.

Otros, como nosotros, empezamos a recorrer el barco, pensando en terminar en poco tiempo.
Error, era tan grande que se nos hizo de noche investigando cada rincón.

 

La cubierta, lugar de entretenimiento durante la navegación

El barco, que todavía sigue navegando, se llama Costa Classica, tiene 220 m de eslora, 30 de manga, (largo y ancho, bah), y trece pisos de altura, donde viajaban 1200 pasajeros y unos 200 tripulantes.

En los puentes, (pisos), más bajos, estaban los camarotes más baratos y en los más altos, además de excelentes suites con balcón, había casino, teatro, piscinas en la cubierta, biblioteca, galería de arte, tiendas, restaurantes, cafeterías, peluquería y gimnasio.
En el último piso, sobre el puente de mando, también había una discoteca.

 

Uno de los camarotes externos, también había internos más económicos

Uno de los mejores servicios que tiene un crucero es la comida, hay por todos lados, de todo tipo y a toda hora.
Se puede desayunar en la cubierta, comer en autoservicios o en restaurantes elegantes o cerca de la pileta. Se puede comer todo sin límite, lo único que se paga es el vino y la gaseosa, o sea las bebidas embotelladas, que no eran para nada caras.

Ah, si se quedaban con hambre, estaba el buffet de medianoche, una mesa de 30 m de largo, con todo lo que se les ocurra para terminar el día livianito.
Por lógica, lo disfrutaban más los que comían en el primer turno. Había dos turnos para cenar, a las 19 y a las 21 hs. Según las costumbres, los latinos comíamos más tarde.

Después de cada horario de cena, había una función teatral. Podía ser un musical, un show unipersonal o hasta un circo.

El mejor, fue el show de un ventrílocuo belga, que empezó haciendo hablar a un perro de peluche gigante y terminó haciendo subir a unas diez personas al escenario y las hizo cantar con distintas voces que el producía.
Cuando finalizó, hizo bajar a todos del escenario y de modo casual preguntó la hora.
Les había robado el reloj a todos los hombres ??? Un maestro!!!

 

El teatro Colosseo

Otra de las actividades principales, (opcionales y pagas), son las excursiones.

Muy buenas cuando se llega a lugares pequeños, que se recorren en poco tiempo. No sé si es tan así, cuando las paradas son en grandes ciudades.

 

Toda la belleza del Caribe en Saint Martin

Al volver de estos paseos, el barco partía hacia el próximo puerto y comenzaban los entretenimientos a bordo.
Había desde casino, como dije antes, hasta bingo y carreras de caballos mecánicos.

Cada noche era especial, “la noche tropical“, “la noche italiana“, la “noche de gala” y el último día de viaje, “la noche romana“, donde nos dieron unas sábanas para usar como togas romanas, junto con un instructivo, que explicaba como usarlas.
Todo esto, para poder preparar el equipaje sin preocuparnos por la vestimenta.

 

Magens Bay de lo mejor del caribe en Saint Thomas

Pero no todas fueron buenas. Este barco tenía un extraño efecto que hacía que las esposas se marearan el último día, casualmente al momento de armar las valijas.

¡Caramba, que coincidencia!

 

 
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